El Mostrador
Nuestro tesoro inexportable
se volvió exportable
A estas alturas, es ya casi un cliché repetir que el desierto de Atacama exhibe la radiación solar más alta del mundo entero. Supongamos por un momento que quisiéramos estrujar esta bendición fotónica para satisfacer la totalidad de la generación eléctrica chilena. Solo para efectos de este ejercicio mental, supongamos baterías suficientes y transmisión perfecta.
Después de pulverizar todas las otras centrales, ¿cuánto desierto crees que habría que cubrir? ¿La mitad de la Región de Tarapacá? ¿Diez veces el salar de Atacama? Nada parecido. Un 0,24% de la superficie desde la Región de Coquimbo al norte, o un cuadrado de 26,6 kilómetros de lado, incluyendo espacio entre los paneles.
Por supuesto, no hay baterías ni de cerca suficientes, ni transmisión perfecta, ni motivos para desmantelar todo el resto de nuestro patrimonio de generación. Lo que este ejercicio ilustra es que, sin siquiera hablar de las oportunidades eólicas de Magallanes, el potencial renovable es inmensamente superior a la demanda que localmente podamos requerir durante varios siglos, sin necesidad de cubrir una fracción significativa del desierto.
Desde un punto de vista energético, estamos sentados sobre una mina de oro. El problema es que, hasta ahora, no hemos encontrado una manera económica de exportarlo. Las redes de transmisión no alcanzan para abastecer al mercado global.
Por fortuna, en los últimos años ha asomado una nueva opción promisoria, adicional al hidrógeno/amoniaco verde: los centros de datos. Podría a continuación regar la columna con una lluvia de cifras sobre la astronómica demanda futura, en especial debido a la explosión en inteligencia artificial. En lugar de eso, lo dejo con una conclusión sencilla: para efectos de oferta local es infinito. No importa cuánto podamos ofrecer, todo será vendido si los precios son lo suficientemente atractivos (a diferencia, por ejemplo, del vino o las cerezas).
Las condiciones energéticas son sólidas, la conexión por fibra óptica excelente (aun mejor cuando el cable Humboldt nos conecte sin escalas con Oceanía) y la estabilidad sobresaliente en el contexto de mercados emergentes. Por eso ya hay una industria algo más que incipiente. ¿Podemos hacer más? Sí. Hago eco aquí de una idea planteada por Ignacio Briones. Dado que hoy uno de los mayores disuasivos de la inversión extranjera es la hipertrofia permisológica y la consiguiente incertidumbre sobre viabilidad y plazos, una manera de acelerar nuestra participación en el negocio es ofrecer áreas «llave en mano», con permisos previamente aprobados.
Un incentivo así potenciaría el aprovechamiento de energía limpia de esta copia feliz del Edén, para atraer uno de los engranajes clave de la economía del futuro.
Cuando se propone perseguir sin complejos nuestras ventajas comparativas, por lo general asociadas a nuestros recursos o condiciones naturales, se estigmatiza la estrategia como rústica y poco sofisticada.