El Dínamo

La ciencia del litio

Por: Pauline Vial

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La ministra de Ciencias, Aisén Etcheverry, señaló en una entrevista hace algunos días que su cartera es una pieza fundamental para generar conocimiento sobre el litio, opinando a raíz del lanzamiento de la Estrategia Nacional de dicho mineral por parte del gobierno. Noble aspiración aportar al desarrollo desde su posición. Dicho eso, es prudente concordar en el punto de partida: Chile es el país más avanzado en refinación de litio del mundo, con el menor costo de refinación y la menor huella de carbono. Mientras nuestro proceso utiliza ante todo energía solar, el litio australiano es intensivo en explosivos y luego es enviado para su refinación bajo la forma de rocas a China, de matriz energética altamente carbonizada. ¿Y a quién recurrieron para montar su primera planta de refinación? A los expertos chilenos. ¡Debemos sentir orgullo por nuestra expertise! Se ha planteado un Instituto Nacional del Litio 100% estatal como el CONICET argentino, el CSIC español o el NIH estadounidense. Algo que debe ser cuidadosamente evaluado, porque corre el riesgo de subestimar lo que el país ya ha logrado tras décadas de pulir y pulir el arte del oro blanco, y de volver a recorrer caminos cuya huella ya ha sido abierta aunque ello no siempre sea evidente por confidencialidad propia de la propiedad industrial.

Luego la ministra menciona la participación de cinco organismos públicos en el Instituto Nacional del Litio, a lo que se suma la existencia de los recientemente anunciados Comité del Litio y Salares, al alero de CORFO, y Consejo Estratégico. Entiendo la lógica de una mirada transversal, pero en este caso específico parece contraproducente implementar un andamiaje institucional así de pesado, porque el del litio es un fenómeno en ebullición, sujeto a vaivenes bruscos propios del estirón. Incluso la proporción de carbonato e hidróxido cambian trimestre a trimestre dependiendo de la demanda (matrices que productivamente no son cambiables). Se precisa una cultura ágil en extremo para responder a este tagadá productivo. Y hasta ahora quienes han intentado hacerlo desde el Estado no lo han logrado. Bolivia, dueño de los mayores recursos del planeta, produce en esencia cero. México cuenta con recursos equivalentes a 14 veces la demanda global completa de 2022 y apenas se mueve. En Chile, donde los permisos de explotación dependen de la buena voluntad del Estado, no se ha abierto ni una nueva faena en décadas, y Australia ahora nos duplica en producción aun cuando sus yacimientos son mucho más caros y contaminantes.

Finalmente Etcheverry menciona la participación de Codelco. Es importante preguntarse ¿Cuál es la sinergia que un gigante de la minera tradicional ofrece con un proceso completamente diferente? La empresa estatal enfrenta sus propios desafíos, con producción y margen en declive, en contraste con los dos productores de litio que parecen no necesitar de su ayuda: en 2022 casi duplicaron sus aportes al fisco, equivalentes a un cuarto de lo que se pretende recaudar mediante la cacareada reforma tributaria.
Chile goza de las mejores condiciones geológicas del mundo entero para la producción de litio, y esas mismas características han generado aquí un grado de know how que rara vez valoramos. La apuesta que maximiza las rentas para el Estado es la expansión de la actividad donde somos fuertes —y hay decenas de salares adicionales esperando una oportunidad— en lugar de emborracharse con quimeras que no en vano no han prosperado en forma espontánea, aun cuando no existen barreras para ello.

Chile tiene la ventaja de poder extraer y refinar de manera eficiente, cuidando la biodiversidad y apuntando a la carbono neutralidad en el ciclo completo para el 2040. Por eso, ¿hará sentido hacer automóviles? ¿Tenemos alguna ventaja competitiva en lineas de producción? Es como pedirle al Chino Ríos que juegue futbol: independiente que pueda jugar bien, no alcanzará el talento que, como tenista, lo hizo ser el número uno del mundo.

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