El Heraldo Austral

A falta de competidores, buenas deben ser las reglas

Columna de Joaquín Barañao

Por: Joaquín Barañao

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Al 31 de marzo de 2004 Hotmail se llevaba la parte del león del ecosistema de webmails con una capacidad de almacenamiento de 2 MB. Esa miseria hoy no alcanzaría ni para adjuntar una sola selfie a tamaño completo junto al cachupín, pero en aquel entonces nos parecía impeque. Al día siguiente, Google sorprendió al mundo con Gmail, que ofrecía 500 veces más. Gratis. La invitación de la empresa era “que no tengas que borrar nada en toda tu vida”. Entre lo brutal del salto respecto a Hotmail y que el lanzamiento ocurrió un 1 de abril muchos lo tomaron por broma del día de los inocentes. Transcurridos 19 años, la cifra ha crecido desde ese Gigabyte original a 17. Si los cibernautas aceptábamos con gusto esos 2 MB, conscientes de que a caballo regalado no se le miran los dientes, y con ellos Hotmail reclutó cientos de millones de usuarios ¿Qué fuerza explica un aumento de 8.500 X sin cambios en el régimen tarifario (o más bien, ausencia de él)?

La competencia

Los ejecutivos de Google estaban plenamente conscientes de que, si no eran ellos quienes daban el zarpazo primero, otro actor se les adelantaría en su carrera por arrebatarle el liderato a Hotmail: Yahoo!, Amazon, AOL, quién sabe. La competencia es la más poderosa de las fuerzas que explican por qué las bencineras no nos cobran por echarle aire a los neumáticos (aun cuando comprimirlo no es gratis), por qué hoy casi cualquier hotel ofrece Wi Fi sin costo adicional, o por qué hoy los retailers reclutan a un ejército de trabajadores para abordar devoluciones sin costo. Esos oferentes saben que si no elevan la vara acorde a los tiempos sus competidores se los comerán con zapatos. La misma sana competencia de la que, por desgracia, carecen los organismos del Estado.

Cuando se es el único revestido del poder de entregar tal permiso o autorización, y no hay consecuencia alguna por incumplimiento ¿Qué más da? Las personas actuamos en gran medida por incentivos, y si para el funcionario público todo seguirá igual, consciente de que el usuario no puede golpear la ventanilla de una competencia inexistente, solo un héroe no se dejaría estar. Esto no es una crítica al desempeño de quienes hoy ofician en esos puestos, porque todos respondernos en mayor o menor medida a incentivos, sino que al rayado de cancha que nos hemos dado como país. Noruega lanzó la estrategia Un mar de oportunidades para producir 5 millones de toneladas anuales de trucha y salmón en 2050.

Nosotros producimos 1,03 millones de toneladas entre Los Lagos y Magallanes, un área un tercio menor que Noruega completo. Si bien se trata de una industria con innegables desafíos ambientales, estas cifras sugieren un enorme espacio para crecer en forma sustentable. Mal que mal, Noruega se ubica en la 20° posición de 180 países en el Índice de Desempeño Ambiental que computa la Universidad de Yale, así que podemos confiar que a tontas y a locas allá la cosa no es. Sin embargo, siquiera aproximarse a ese potencial resulta muy cuesta arriba si esos brazos del Estado que actúan sin competencia carecen de incentivo para agilizar la tramitología. Es imprescindible simplificar la manera en que entregamos (o denegamos) permisos para evitar que esto comience a parecerse a las pesadillas de Kafka. Iniciativas en esa línea esbozadas por el ministro Marcel en el marco del Pacto Fiscal son esperanzadoras. Toca ahora esperar la concreción práctica de esos anuncios preliminares para confirmar si el optimismo es justificado. Estamos atentos.

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