El Catalejo de Galileo

Reflexiones rotas

Por: Pedro Villarino

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*Pedro Villarino es integrante de la Red Pivotes y académico de Faro UDD


Un 17 de octubre de 1983 falleció en París el filósofo francés Raymond Aron. Quizás como pocos intelectuales de su tiempo, Aron vivenció algunos de los hitos más relevantes del siglo pasado: los tumultuosos años treinta de Alemania, el trauma de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. A cuarenta años de su muerte, y en el marco de una discusión contemporánea que ofrece pocos mástiles seguros donde resguardarse, remitirse a su obra es garantía de refugio: un análisis lúcido, al tiempo que objetivo y racional, que bien entrega luces y orientación para guiar nuestro presente.

Un autor como Aron cobra significación en el marco de los últimos años de contingencia nacional. Cuando ya han transcurrido cuatro años desde que Chile se vio enfrentado a su mayor amenaza de quiebre institucional y social, es de esperar que los análisis que se realicen con el objeto de intentar dilucidar lo ocurrido se mantengan dentro de los márgenes de la reflexión racional. Aunque pueda resultar evidente esto, la coyuntura post 18 de octubre ha mostrado, salvo honradas excepciones, que esto no es tan obvio. Y un ejemplo claro de ello fue la relación que una parte de la clase política decidió entablar con la violencia.

Aunque hoy se le reniegue y se muestre como una hija no deseada, parte importante de la izquierda chilena –hoy en el gobierno- vio en la violencia callejera un medio de acción política legítima. Resulta del todo relevante remarcar este último elemento. Como bien lo desarrolla el politólogo norteamericano John Keane en sus Reflexiones sobre la violencia, ésta es un fenómeno político, y por ende inherente a toda sociedad de personas, independiente de su nivel de desarrollo o estabilidad. Basta, simplemente, remitirse a la historia del hombre para constatar cómo ella ha estado, aunque en distintos grados, siempre presente.

La modernidad, entiende Keane, se jacta de ser lo civilizado: el tiempo donde la humanidad, entre otras cosas, ha logrado marginar la violencia y canalizado sus discrepancias políticas a partir del diálogo y la razón. Y así entendemos a las sociedades prósperas: aquellas que, a través del Estado de Derecho y el monopolio de la fuerza, han logrado asegurar la paz y brindar estabilidad a sus ciudadanos. Esta es, resta decirlo, la base sin la cual resulta impensable proyectar el progreso y crecimiento de las naciones.

Por eso resulta pertinente, a cuatro años de los hechos ocurridos en octubre de 2019, detener la mirada en esto último: al haber legitimado, validado o justificado la violencia, parte de la izquierda renunció al resguardo y respeto de este principio esencial de toda democracia. Al haber idealizado una violencia barbárica, vieron en las cenizas de las barricadas el abono para sembrar un nuevo orden, y así abrigaron un nuevo despertar a partir de la violencia.

Aun cuando hoy manifiesten una actitud antagónica con la adoptada en aquellos días, cabe esperar que dicho cambio de postura obedezca más a un aprendizaje y autocrítica que al simple cambio en las circunstancias. Qué duda cabe, “otra cosa es con guitarra”, y la experiencia en el gobierno (imagino) ha hecho replantear posturas y posiciones. Sin embargo, ello no ha permeado del todo, y aún persisten brotes que romantizan la violencia. Desafortunadamente, hasta que esa(s) izquierda(s) no se hagan cargo de esta reflexión, persistirán ancladas en el atolladero en el que se encuentran. Quizás una buena antorcha con la que orientar su catarsis sea Aron, quien vio en la violencia la “suprema prueba de la impotencia, ya sea en la política o en las relaciones humanas.”

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