El Catalejo de Galileo

Democracia Viva:

Lecciones de la imaginación

Por: Pivotes

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Una mirada distinta a la contingencia y su vínculo con los pilares y desafíos de Pivotes. Esto es El Catalejo de Galileo, una nueva columna a cargo de una pluma que traerá sus observaciones y reflexiones para añadir una perspectiva diferente a las conversaciones que tenemos en la cotidianeidad.

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Es probable, quizás, que la gran lección que obtenga el actual gobierno de su administración sea constatar el insondable abismo que se terminó cerniendo entre el exceso de moralidad pregonado en torno a las estructuras sociales vilipendiadas y el propio comportamiento dispensado en calidad de gobernantes. Así, este abismo se perfilará como la disparidad, la ausencia de un correlato o comunión entre las banderas esgrimidas y el contacto con la realidad -esa “rugosa realidad”, como la llamó Rimbaud- una vez acariciado el poder.

La aun inconclusa sucesión de hechos derivados del caso Democracia Viva no hacen sino dimensionar hasta qué punto este abismo sigue profundizándose. Queda, no obstante, la pregunta por el fondo: ¿Qué hay en él? ¿Qué lecciones es posible desprender? ¿Qué nos deja? Todas preguntas pertinentes que deben ser abordadas más allá de posibles o eventuales renuncias, acusaciones constitucionales, recriminaciones cruzadas o defensas corporativas.

Ante todo, queda un reproche social generalizado. Más que mal, la estructura erguida para montar toda esta artimaña de actos y conductas terminará afectando no solo la fe pública, sino también el corazón de aquella dimensión de nuestra sociedad que hasta ahora considerábamos acaso marginada de las tentaciones a las que el ejercicio del poder podía prestarse: las fundaciones de la sociedad civil. El problema, empero, es que la confianza y la credibilidad institucional es una cosecha de largo aliento, y al pagar justas por pecadoras, muchas se verán afectadas en su imagen y –lo que es igual o peor- en el ejercicio de su labor, redundando en una afectación hacia el resto de la comunidad, con especial perjuicio para los más necesitados.

En segundo lugar, y vinculado a lo anterior, queda la prevalencia del interés egoísta por sobre la construcción de virtudes y el cumplimiento de deberes. No debe descuidarse un elemento nuclear de todo este engaño: quienes resultan verdaderamente perjudicados son los más desfavorecidos. No solo las fundaciones verán su institucionalidad mancillada, sino también pagarán el desfalco todos aquellos quienes iban a verse beneficiados por servicios que resultaron no existir. Fundaciones imaginarias para beneficios imaginarios, habría sentenciado Parra. El problema es que las necesidades son reales, así como también los necesitados. ¿Podría ser peor? Sí, como lo es constatar que hasta ahora no se vislumbra mayor remordimiento.

El abandono o descuido de deberes en que autoridades oficialistas han caído contraviene la dimensión primigenia del “deber ser”, la expectativa subyacente que se encuentra depositada sobre los roles ejercidos. En este caso, se trata de autoridades y cargos públicos. El abandono cometido supone una contravención a lo que Max Weber llamó la ética de la responsabilidad: la prevalencia del interés propio o partidista por sobre las necesidades de la comunidad a la que se sirve, sin considerar asimismo las consecuencias o daños que dicha preeminencia pudiera haber generado.

Queda, finalmente, una ausencia. La ausencia de la buena voluntad, como la llamó Kant: esa disposición a cumplir la ley moral, el principio formal que nos habilita para que podamos perseguir el modo de vida que se nos antoje, siempre y cuando éste sea compatible con un principio de convivencia universal. En otras palabras: el imperativo categórico según el cual se ha de obrar conforme una máxima que pueda convertirse al mismo tiempo en principio del obrar universal.

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