El Diario Financiero
Simplificar se puso de moda
Hace algunas semanas el carismático alcalde socialista de Nueva York, Zohan Mamdani, anunció su iniciativa «OPEN for small business» que empaqueta más de 50 reformas para simplificarle la vida a emprendedores de su ciudad. Un emprendedor que tiene un restaurante en la «Gran Manzana» necesita de un permiso extra solo para agregar helados a su menú, y un peluquero necesita tres permisos distintos para cortar el pelo. La finalidad es remover la regulación innecesaria y así hacerle la vida más fácil a quienes quieran invertir en la ciudad.
Por su parte, el gobernador de California, Gavin Newsom dio a conocer recientemente un proyecto de ley para facilitar la construcción de proyectos inmobiliarios en su Estado, los que se han vuelto cada vez más caros y engorrosos. Newsom y Mamdani disputan el liderazgo de un Partido Demócrata que necesita reconectar con un grupo importante de votantes perdidos. Con distintas intensidades en ambos parece haber un diagnóstico de que un proyecto político que no permite construir cosas nuevas, tiene la tarea muy cuesta arriba.
No es solo una moda norteamericana, es una ola a la que se están subiendo cada vez más líderes progresistas. En México el «Plan México» de Claudia Scheinbaum busca reducir hasta 60% los plazos en sectores estratégicos. En Uruguay, la «Ley de Competitividad» de Yamandú Orsi cuenta con más de 240 artículos dirigidos a disminuir la burocracia y simplificar procesos administrativos. Finalmente, en Chile fue la administración del Presidente Boric la que aprobó la Ley de Permisos Sectoriales que permite reemplazar los permisos previos por declaraciones juradas u otras formas de regulación menos restrictivas. Lamentablemente esta ley se aprobó a pesar de los parlamentarios progresistas, que no dieron sus votos, sino que llevaron al Tribunal Constitucional la ley de su propio gobierno.
Es un avance, pero falta. En casi todos estos ejemplos la simplificación y facilitación se limita al pequeño inversionista, o al proyecto estratégico para el Estado, como si la excesiva complejidad no fuera una barrera para toda la actividad económica, o como si la gran inversión no generara recaudación al Estado y trabajos para las personas. Reglas claras y procesos expeditos debieran ser derechos básicos de quién quiere invertir.
Sin embargo esto último es más fácil decirlo que hacerlo, y un ejemplo es precisamente este gobierno. Pocas administraciones han sido más sensibles al problema que genera un ecosistema de permisos hostil a la inversión. Al mismo tiempo, no hay autorización más relevante en nuestro país que la Resolución de Calificación Ambiental. Y a pesar de esto, la misma disposición a avanzar en cambios estructurales que se ve en materia tributaria o de empleo no se ha generado todavía en esta materia. La reforma que hoy se tramita en la materia, muy parecida a la que presentó la ex ministra Maisa Rojas, apenas rasguña la superficie de un sistema excesivamente complejo y profundamente discrecional. 1894 exigencias de información recibió la continuidad operacional de la minera El Abra, el mayor proyecto de inversión ingresado en esta administración; nada nuevo bajo el sol. ¿Tan difícil es rebelarse a este nuevo y nefasto equilibrio?
Hoy los cautivantes videos en Instagram de Mamdani hablan de la importancia de simplificar, a ver si ayuda a generar un acuerdo transversal y así hacemos de lo simple la nueva regla.