El Líbero
Too many people
En 2025 Chile alcanzó, según el INE, la tasa de fecundidad más baja de su historia: 0,99 hijos por mujer. Por primera vez, menos de uno. Si la tendencia se mantiene, la población empezaría a reducirse desde 2036. Esta cifra se ha instalado en el debate público con el tono de una tragedia: invierno demográfico, países que desaparecen, un porvenir sin manos para sostener nada. Elon Musk, quien lleva años repitiendo que la baja natalidad es «el mayor peligro que enfrenta la civilización», volvió hace pocos días a decir que «la humanidad se está extinguiendo». No es el único. La nueva consigna del vicepresidente J.D Vance reza: «Quiero que haya más bebés en Estados Unidos». Por su parte, voces que van desde la izquierda progresista hasta el conservadurismo más duro impulsan políticas natalistas -unas en nombre de la política social, otras, de la emergencia civilizacional- , mientras buena parte de la prensa económica repite variaciones de la misma enfermedad: decrecer.
Parece haber consenso en que crecer es sano y decrecer, patológico. ¿Pero alguien puede explicar bien los motivos? Porque mientras se agita el miedo a ser menos, quien vive en una ciudad grande o mediana no vive la escasez, sino la saturación: el tráfico infernal, siempre y en todas partes filas, filas y más filas, la vivienda, inalcanzable. En la cotidianeidad no convivimos con la sensación de que falta gente, sino con la certeza física de que sobra…»too many people» denunciaba Sir Paul McCartney ya en 1971. Incluso el argumento económico, que debería ser el más sólido, se contradice a sí mismo: mientras se advierte que faltarán trabajadores jóvenes para sostener los sistemas de pensiones, distintos estudios proyectan que la inteligencia artificial reemplazará decenas de millones de empleos en los próximos años. El propio Musk, que agita la alerta demográfica, es a la vez uno de los que más invierte en la automatización que promete necesitar cada vez menos personas. ¿Faltarán trabajadores o faltarán empleos? Ambas alarmas no pueden sostenerse al mismo tiempo. Que convivan sin que nadie las confronte sugiere que el problema no se piensa: se teme.
Probablemente, la raíz de ese temor es más antigua que cualquier sistema de pensiones. El Nobel búlgaro Elías Canetti, en su libro Masa y Poder, describe un impulso elemental de todo grupo humano: crecer. Crecer, porque el grupo pequeño es vulnerable frente al entorno. Crecer, porque ser pocos significa quedar expuestos al hambre y al depredador. Es una lógica que viene de mucho antes del Estado moderno, resultado de una ecuación que funcionó durante milenios como una cuestión de supervivencia. Sin embargo, el mundo que la justificaba, desapareció.
Tal vez, este invierno demográfico, lejos de ser un problema en sí mismo, es un cambio neutro que reactiva un instinto mucho más antiguo que cualquier miedo actual: el mismo que moldeó sistemas de pensiones diseñados exclusivamente para escenarios de expansión constante y ciudades que hoy colapsan por ese mismo crecimiento sin freno, y que, reactivado, se traduce en discursos catastrofistas que no solo aumentan el riesgo de tomar decisiones equivocadas basadas en el miedo y no en el cálculo, sino que ni siquiera logran ser coherentes entre sí.
Si algo es claro es que lo único que se extingue cuando cae la natalidad es una conducta atávica y no una civilización. Y este desplome no es una tragedia a evitar, sino un dato que obliga a rediseñar sistemas y políticas públicas para una realidad distinta. ¿Por qué esa mirada sigue siendo la excepción, y no la norma?
La pregunta correcta no es cuántos niños hacen falta para salvar el mundo, sino qué estamos dispuestos a hacer sin ellos. Aferrarse a impulsos anacrónicos no nos protege de nada real.
Una sociedad que entiende esto deja de resistir lo inevitable y comienza, sin demora, a aprovechar esta transición como una oportunidad para dar forma a una nueva arquitectura institucional, capaz de responder a las necesidades y desafíos de un mundo que ya cambió.