El País

En busca del dinamismo perdido

Por: José Antonio Valenzuela

| |
Compartir

Vivimos en los tiempos de declive de los proyectos liberales. Para Adrian Wooldridge, autor de Centristas del mundo uníos, una de las razones por las que esto puede estar pasando es porque se transformaron en defensores de aquello que surgieron para combatir, el inmovilismo. La gran virtud originaria del liberalismo, su dinamismo, hoy brilla por su ausencia, y muchas veces las instituciones de las democracias liberales se han transformado en grandes defensores del statu quo.

Frente a los principales debates de política pública, el mundo liberal tiende a sesudos análisis y a múltiples advertencias de todo aquello que podría salir mal. Hay buenas razones para preferir el cambio gradual, y ser escéptico de la radicalidad, pero poco a poco se ha instalado la percepción de que el liberalismo tiende a la parálisis. La que solía ser su virtud, el dinamismo, el cambio y el reformismo, hoy se ve mejor representado en otros mundos.

¿Cómo debiese verse ese dinamismo? Es de formas, pero por sobre todo de fondo. La discusión de políticas públicas en Chile es un buen ejemplo. El liberalismo defiende una sociedad donde prestadores estatales y privados participan de la provisión de bienes públicos. Donde su oferta no está congelada, ni protegida, como ocurre en educación, donde es casi imposible hacer crecer oferta de calidad. Una sociedad dinámica incentiva la construcción de cosas nuevas, se trate de un hospital o una línea de transmisión. Mide en meses y no años lo que estamos dispuestos a esperar por una decisión. Combate, y no valida, que grupos de interés tengan de rehén la infraestructura necesaria para todos. Abrazar el dinamismo en materia laboral es reconocer que el cambio es necesario, y que para poder contratar, es clave poder despedir.

Pero el dinamismo no se puede asociar únicamente a lo privado, es fundamental un Estado que evoluciona y se adapta conforme cambian las sociedades. Que enfrenta a pequeños grupos de interés que han logrado eficientemente capturarlo para sus intereses. Algunos pocos funcionarios públicos, que se arrogan inmerecidamente la representación de todos, pero también grupos de parlamentarios, jueces, notarios y muchos otros, que bloquean cualquier cambio que no se alinee con sus propios intereses.

Una lección incómoda para el mundo liberal ha sido que un Gobierno conservador haya dado las primeras señales de dinamismo, aunque limitado a materias económicas. La ley de reconstrucción recientemente aprobada parece venir a remecer una inversión y economía por mucho tiempo dormidas. Se acompaña de una ambiciosa agenda laboral, con reformas que desafían ese lugar común de que todo espacio de flexibilidad es igual a precarización, o de que los costos laborales son inocuos.

Sin embargo, hay muchas otras materias en que la inercia gana y la agenda parece reducirse a lo efectista.

Un buen ejemplo es la reforma al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, que arriesga gastar la energía legislativa en cambios accesorios, consolidando la lógica disfuncional del sistema. También hay señales de efectismo en la agenda institucional, donde el Gobierno se debate entre señales pirotécnicas (test de drogas, número de parlamentarios) y medidas de gestión menores, como la digitalización de algunos trámites. Mientras tanto los principales problemas —el régimen de empleo público, un deficitario proceso regulatorio, y una pésima ley electoral— se mantienen intactos. En educación el panorama es agridulce: el protagonismo mediático se lo lleva una mala reforma al sistema de admisión escolar, pero al mismo tiempo el Mineduc avanza atinadamente en un proyecto para dinamizar la oferta educativa.

Si las democracias liberales recuperarán su brío dependerá en gran medida de que sus principales defensores recuperen lo que fue su virtud fundacional: el dinamismo. El rigor técnico es una virtud, pero cuando se transforma en una excusa para no avanzar, o para no intentarlo siquiera, se transforma en un problema. Muy seguido subestimamos el costo de no hacer nada, y quienes salen favorecidos de ese error de cálculo son quienes simplifican el debate hasta el hartazgo, los que ofrecen respuestas facilistas a cada uno de estos debates, y quienes tienen poco o nada de interés en fortalecer la democracia liberal y sus instituciones.

Contenidos relacionados

Columnas de opinión

El empleo se cohíbe en los juzgados

Columnas de opinión

Reformas en educación: apostemos por quienes lo hacen bien

Columnas de opinión

Más allá del salmón: lo que las cifras revelan sobre la Ley Lafkenche

Columnas de opinión

¿Quién gana cuando Chile no crece?

Columnas de opinión

Cáncer