LA TERCERA

Sistema político: ahora es cuando

Por: José Antonio Valenzuela

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Los cinco años de debate constitucional por momentos parecen haber sido un desperdicio de tiempo, recursos y esfuerzos. Sin embargo, de ese largo periplo sacamos en limpio algunos consensos, al menos aparentes, en temas que antes no eran en absoluto pacíficos: es bueno incorporar mayores y mejores instancias de participación ciudadana en el debate público; es importante contar con derechos sociales garantizados por el Estado, y provistos a través de una combinación de prestadores públicos y privados; el sistema político muestra grados crecientes de disfuncionalidad, y requiere ajustes de forma urgente.

Este último “consenso” ha acaparado recientemente, de forma inusual, las portadas de los diarios y los discursos de los políticos. Existe una percepción generalizada, principalmente en las élites políticas no parlamentarias y también de las élites económicas y académicas, de que la disfuncionalidad de nuestro sistema político se ha transformado en una piedra de tope para avanzar en otras áreas, percepción que incluso ha permeado (algo) en la ciudadanía. El trabajo de un grupo transversal de expertos durante el segundo proceso constitucional ofreció un catálogo acotado pero potente de políticas públicas para resolver (al menos en parte) el problema. Este tenía una gran virtud; estar provista de aquello que suele estar ausente en este tipo de debates: viabilidad política.

Los pesimistas y descreídos como yo pronosticamos una imposibilidad absoluta de implementar estos cambios ante el rechazo de la segunda propuesta de texto constitucional. Sin embargo, un trabajo silencioso y sistemático de incidencia política ha permitido no solo mantener vivo el debate a través de estas propuestas de reforma, sino que llevarlo al discurso del Presidente de la República en Enade. No obstante, estos son temas complejos, no hay un único diagnóstico y menos una única reforma correcta, y recientemente un grupo de expertos, principalmente politólogos, han venido a cuestionar los aparentes consensos que sostienen estas propuestas. Para algunos, nuestro sistema político no estaría tan fragmentado como se plantea, pues los partidos relevantes serían solo unos pocos. Para otros, la fragmentación existe, pero no es necesariamente mala, serían otras las causas de un sistema político en crisis.

El riesgo de este incipiente e interesante diálogo es olvidar (una vez más) el nudo gordiano del debate sobre sistema político: la viabilidad política. Las reformas políticas son de las más complejas de implementar, pues despiertan poco interés ciudadano y usualmente conflictúan con los intereses de corto plazo de aquellos cuyos votos se requieren para que vean la luz. Lo que abrió una rendija de viabilidad política para una reforma fueron cinco años de debate continuo en procesos constitucionales, que generaron un campo fértil a nivel cultural para transformar un tema imposible en uno políticamente viable. Esa viabilidad estaba basada en un relato: los males de la política chilena provienen en parte importante de la triada “fragmentación, partidos débiles y falta de incentivos para la colaboración”. Ese relato puede ser o no correcto, pero por mucho tiempo no fue confrontado ni enfrentó un relato opositor. En lo que respecta a las propuestas, no pareciera que este ramillete de reformas acotadas, que apuntan principalmente a reducir la fragmentación política, puedan tener efectos perniciosos para nuestra democracia, sino más bien se les acusa de ser parciales o insuficientes.

Lamentablemente en esta materia pareciera que si no son las reformas que hoy se nos ofrecen, y que provienen de la Comisión Experta, la alternativa es la nada. No avanzar también tiene consecuencias; la ventana cultural y política se puede cerrar, con el riesgo latente y real de quedarnos en el status quo, en lugar de transitar a las valiosas contrapropuestas que han surgido en los últimos días. Reformar ahora, en cambio, permite iniciar un proceso de ajustes al sistema político que deberá ser enriquecido por una batería más amplia de propuestas que se hagan cargo de todo aquello que hoy no fue viable, pero que en el futuro puede serlo. A ello habrá que agregar otras reformas igualmente urgentes a la institucionalidad pública, en empleo público, en mejora de calidad regulatoria, en gobierno judicial o en designaciones de jueces. No podemos ver este “ajuste de perillas” como la bala de plata que lleva a Chile al desarrollo, sino como cambios importantes que encuentran hoy una oportunidad única de ver la luz.

La técnica rara vez es capaz de dictar lo que es políticamente viable y culturalmente deseado, el orden de los factores usualmente opera al revés. Avancemos con mesura, siendo conscientes de que no hay umbral ni orden de partido que mejore de un plumazo nuestra democracia, pero también de que cada paso adelante cuesta un mundo, y este hay que darlo.

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