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Si Sinovac no pudo, ¿quién?

Por: José Antonio Valenzuela

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Este gobierno ve con buenos ojos las inversiones chinas, al punto que el país asiático se ha transformado en su (único) socio estratégico. Adicionalmente, el Presidente ha sido siempre un impulsor de la inversión en innovación y desarrollo, y su coalición habla de “complejizar nuestra economía de recursos naturales”. En este contexto, si un proyecto como el que proponía Sinovac no pudo prosperar en Chile debido a las múltiples trabas a la inversión, ¿qué inversionista puede ser optimista?

En agosto del año 2021, en plena lucha contra la pandemia del Covid-19, la farmacéutica china Sinovac anunciaba con bombos y platillos la instalación de dos plantas en Chile. La primera parte del proyecto implicaba la construcción de un centro de investigación en Antofagasta, generando un polo de investigación científica en el norte de nuestro país. A esto se sumaba una planta en Quilicura abocada a la producción de alrededor de 50 millones de vacunas al año.
Sin embargo, en el camino surgieron varias dificultades, que derivaron en el desistimiento del proyecto. Esto se pudo haber evitado: en mayo del año pasado la empresa planteó al actual ministro de Economía que el terreno ofrecido no cumplía con las condiciones necesarias para un centro de investigación científico. Sin embargo, no se hicieron gestiones adicionales para viabilizar este megaproyecto. Recientemente nos enteramos que la segunda parte del proyecto, en la Región Metropolitana, tampoco se realizará. Sinovac Chile únicamente importará vacunas desde China, mientras que la farmacéutica concretó en Colombia un proyecto idéntico al que canceló en Chile. ¿Coincidencia? Cuesta creerlo.

Las explicaciones no tardaron en llegar. El ministro Grau señaló que la cancelación del proyecto en Antofagasta no es novedad, que la decisión se tomó el año pasado. Sin embargo, ¿cómo se justifica que no se hayan hecho gestiones que permitieran materializarlo? Dice también que la compañía china exigía subsidios y demanda garantizada, lo que fue desmentido tajantemente por la empresa. Nos asegura que la inversión en Colombia no tiene nada que ver con la cancelada en nuestro país; pero los montos asociados y el propósito de las plantas son idénticos, y poco sentido tendría tener dos centros de investigación y desarrollo de vacunas en América Latina.
La ministra de Ciencias, Aisén Etcheverry, señaló que la decisión de la farmacéutica fue por “el tamaño del mercado”, haciendo alusión al pequeño mercado chileno. Pero tal explicación implicaría que el anuncio de inversión por más de 60 millones de dólares en 2022 fue hecho a la ligera, sin conocer el país en que se efectuaba.

Finalmente, ejecutivos de la empresa china han señalado que “la rápida evolución de la pandemia y la disminución de la demanda por vacunas” motivaron el cambio. Pero, ¿por qué esta rápida evolución sanitaria no impide que se concrete un megaproyecto en otro país de la región, como Colombia? Parece claro que los ejecutivos de la compañía china están intentando evitar que este desaguisado escale a un impasse diplomático y un escándalo político. Lo claro es que las explicaciones no cuadran.
Junto con el necesario debate y escrutinio por las responsabilidades de este bochorno, el episodio Sinovac trae algo nuevo al debate público: este gobierno ve con buenos ojos las inversiones chinas, al punto que el país asiático se ha transformado en su (único) socio estratégico. Adicionalmente, el Presidente ha sido siempre un impulsor de la inversión en innovación y desarrollo, y su coalición habla de “complejizar nuestra economía de recursos naturales”.

En este contexto, si un proyecto como el que proponía Sinovac no pudo prosperar en Chile debido a las múltiples trabas a la inversión, ¿qué inversionista puede ser optimista? Muchos de ellos se deben estar preguntando: si Sinovac no pudo, ¿quién?
Chile se está transformando en una pesadilla para la inversión. Es tan así, que ya inventamos una palabra para denominar al mal que nos aflige: “permisología”. El país no crece y las proyecciones son desoladoras, el precio del dólar está por las nubes, nos encontramos en una situación de emergencia laboral (como señaló el economista David Bravo), y los proyectos ingresados a tramitación ambiental se encuentran en su nivel más bajo en 26 años. Se está formando una tormenta perfecta: si el gobierno no le toma el peso, habrá mostrado un nivel inexplicable de desidia e incompetencia.

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