El Líbero

¿Qué harIAmos con más tiempo?

Por: Magdalena Price

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Martes 8 de septiembre de 2026. Jacob Coxon, el investigador que acababa de renunciar a Anthropic, lanzó una bomba en X. Casi todas las discusiones que hasta ese momento parecían urgentes pasaron a segundo plano. El diagnóstico fue simple y brutal. La vida de nuestra civilización entraba en su fase terminal.

El menú de miedos ya es un clásico. La superinteligencia se vuelve nuestro verdugo, las máquinas nos invaden, el desempleo se vuelve masivo, generaciones completas tercerizan el pensamiento hasta atrofiarlo y la manipulación y la vigilancia pasan a ser la forma normal de ejercer el poder. Elija su apocalipsis.

Es curioso. Si la inteligencia artificial cumple aunque sea en parte lo que promete, necesitaremos menos tiempo para hacer el trabajo que hacemos hoy. El miedo al desempleo masivo mira ese dato y ve una catástrofe, pero la misma realidad admite otra lectura; lo que sobrará no serán personas sino horas. Y si, además, la misma tecnología transforma la medicina, la civilización desahuciada tendrá, paradójicamente, más años de vida y más horas libres que ninguna generación anterior. Probablemente seguiremos existiendo, trabajaremos menos y viviremos más. ¿Alguien está diseñando qué hacer con eso?

Aunque no hay predeterminación en la historia, ésta ya tuvo su ensayo. En plena Gran Depresión, el economista John Maynard Keynes escribió un texto optimista. Proyectó que, gracias al avance tecnológico, hacia el año 2030 la riqueza en las economías avanzadas se multiplicaría entre cuatro y ocho veces. Concluyó entonces, algo que parecía lógico: una vez cubiertas las necesidades básicas, lo racional sería trabajar mucho menos. Así, auguró semanas laborales de apenas quince horas. Acertó en lo primero, la riqueza se multiplicó tal como había calculado. Pero la segunda parte nunca llegó. Un siglo después, el trabajador de tiempo completo promedio en Estados Unidos trabaja cerca de 40 horas semanales. El tiempo que la productividad liberó no se convirtió en tiempo libre.

Para explicar este error de predicción se barajan algunas hipótesis, pero la lección que dejó es más importante que cualquiera de ellas; la eficiencia no fluye por sí sola hacia el ocio. El tiempo que se despeja va hacia donde una política pública lo encamina deliberadamente o hacia donde el propio sistema económico lo redirige sin que nadie se lo proponga. Que la política puede torcer ese rumbo lo sabemos: desde los años setenta, Europa y Estados Unidos tuvieron aumentos de productividad parecidos, pero los europeos convirtieron una parte en mayor control sobre su propio tiempo, con jornadas más flexibles, mientras los estadounidenses la convirtieron en ingreso y consumo.

Que la inteligencia artificial va a liberar tiempo de trabajo ya casi nadie lo discute en serio, aunque nada garantiza que será igual para todos. Lo que sigue completamente abierto es el mecanismo que decidirá hacia dónde va ese tiempo. Por eso, así como el mundo dedica comités enteros a pensar los peligros de una inteligencia que se nos escapa de las manos, falta ocuparse de algo que no es poco importante: qué haremos cuando el tiempo ya no sea escaso.

Tener más tiempo libre no es necesariamente una utopía tranquila y el ocio mal aprovechado quizá no sea un problema tan menor al lado del desempleo o la desinformación. Ese tiempo no es sólo lo que queda entre una jornada y otra; es donde solemos pensar, conversar, aprender, cuidar a otros y, con suerte, descubrir qué cosas nos importan. Cuando no tiene mucho rumbo, termina ocupado por lo primero que aparece, y la falta de sentido, tan propia de nuestra época, deja de ser abstracta y se vuelve cotidiana. Y hay algo más: para muchos, el sentido está precisamente en las horas que la tecnología promete liberar. En una sociedad que glorifica el trabajo, decidir qué hacer con el tiempo que ya no le dedicaremos es apenas la mitad del problema, la otra mitad es aprender a ser alguien fuera de él.

Mientras imaginamos el fin del mundo, convendría prepararnos también para el escenario en que no llega. Porque si sobrevivimos, lo que nos espera es un martes cualquiera, con más horas desocupadas y sin una idea clara sobre qué hacer con ellas. Tal vez, este desafío, ya merezca su lugar en la agenda.

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