LA TERCERA

Ese frágil telón de fondo que se llama democracia…

Por: Pedro Villarino

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Atendida la naturaleza de los diversos desafíos que enfrenta Chile, resultaría redundante ahondar en la necesidad de levantar diagnósticos para determinar de qué manera éstos pueden ser abordados o solucionados. El problema que enfrentamos como sociedad, creo, no se reduce a la falta de soluciones, sino más bien a la incapacidad (y en algunos temas incluso indolencia) por querer materializar y llevar a cabo dichas respuestas.

En los últimos meses, habida consideración de los trabajos realizados en el marco del debate constitucional y frente la constatación de la imposibilidad que le ha asistido a los últimos gobiernos por llevar a puerto sus respectivas agendas, se ha podido percibir en la discusión pública, aunque sea por espacios de tiempo entrecortados, la percepción de que sí habría consensos de cara a ciertas reformas que permitan solucionar -o a lo menos encauzar- esto.

Probablemente el ejemplo más gráfico sea el sistema político: oficialismo, oposición, academia y sociedad civil han destacado la importancia que reviste hacernos cargo de su deteriorado estado de salud. Ríos de tinta y conciertos de voces se han plegado en torno a esta necesidad: todos están de acuerdo en que el nivel de fragmentación partidista es insostenible. En esta línea, probablemente la palabra más reivindicada, pero al mismo tiempo abusada, ha sido “acuerdo”. La paradoja, empero, es que si algo no se ha logrado en Chile en los últimos años ha sido precisamente ello: ponernos de acuerdo. ¿Por qué pasa esto?

La respuesta podrá variar dependiendo de la materia o temática de que se trate, pero si ahondamos por encontrar un sustrato compartido, quizás la ausencia de voluntad política se encuentre en muchos de ellos. Dicho de otra manera: al parecer sí se estaría generando una suerte de transversal aceptación en torno al hecho de que el sistema político no está funcionando bien y que, por ende, requiere de una reforma estructural (habría consenso en ello), pero a la hora de hacerse cargo -guste o no, la propuesta del Consejo Constitucional sí lo hizo-, la política no estaría dispuesta a querer llevarla a cabo.

Desafortunadamente, el costo de asumir esta incapacidad lo asume la sociedad en su conjunto. Pareciera haber quiénes (y en esto ambos extremos pecan) se resisten a aceptar que, al adoptar y profundizar una lógica agonal, confrontacional y adversarial están directamente contribuyendo al deterioro institucional que nos achaca, al tiempo que refleja la falta de voluntad por querer canalizar de verdad nuestros malestares. Olvidan, y en esto la historia nos lo reitera una y otra vez, que la democracia es frágil y excepcional, y que puede fácilmente irse por el atolladero si se permite que la clase política se aboque a la agudización, imposición y tensión de sus conflictos en lugar de comprometerse a cuidarla y resguardarla. Pues al desatenderse de ello y renunciar al convencimiento y la persuasión (tanto propia como del otro), compromete la dimensión deliberativa de ésta, al tiempo que contribuye al menoscabo de sus instituciones. En esto, la realidad de nuestros vecinos habla por sí sola.

Frente a este riesgo, no cabe solo alertar, sino también asumir que estamos ante el desafío de impulsar más que de elevar diagnósticos y proponer soluciones. Ambos elementos ya están desarrollados. En consecuencia, es un tiempo que desafía a la sociedad civil, centros de estudios y al mundo académico a desarrollar y articular un trabajo que propenda a empujar las reformas y viabilizarlas, contribuyendo al debate a partir del apoyo a la clase política en su encauzamiento y configuración de acuerdos. Es deber de todos los actores insertos en la discusión pública contribuir a la construcción de esa tan olvidada voluntad política.

De lo contrario, de nada servirá reivindicar acuerdos sin el compromiso por concretarlos. Creer que sería posible es igual de ilusorio que pretender salvar la democracia apoyando extremos: al perpetuar esta lógica por demasiado tiempo, habremos de terminar asistiendo (nuevamente) al atardecer y ocaso de nuestra democracia.

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