Bío Bío Chile
Dos frutas aún al alcance de la mano:
Nos pasaríamos de lesos si no las cosechamos
A los 30 Albert Schweitzer era músico consumado, doctorado en teología y dueño de una cabezota privilegiada. Podría haber construido una acolchada carrera en su Alemania natal, pero eso le parecía poco desafiante. En medio de una avalancha de protestas de sus cercanos, renunció a su cargo y regresó a la universidad para estudiar medicina desde cero. Cartón en mano, razonó que Europa era demasiado desarrollada y buscó un lugar donde los problemas básicos no estuvieran resueltos. Migró a Gabón, fundó un hospital y ganó el Nobel de la Paz.
Los equipos que asumen en marzo bien podrían partir del supuesto de que Chile, sin ser Alemania, está lejos de Gabón. Que hay perillas que afinar y esquinas que pulir, pero que no quedan “frutas al alcance de la mano”, porque si las hubiera alguien las habría cosechado ya. Que las frutas remanentes son oportunidades no obvias, de consecución difícil o muy trabajosa.
El futuro ministro de Economía y Minería sabría que no existe un gran yacimiento de oro que nadie ha explotado por mera displicencia, y que no quedan grandes territorios productivos sin trabajar. En otras palabras, que Schweitzer no hubiese escogido Chile como destino.
No es así. Sí que hay yacimientos de oro sin explotar (solo que blanco) y grandes territorios productivos sin trabajar (solo que en el mar). No por displicencia, flojera o mera tontería, sino por regulación que asfixia la voluntad.
Chile luce los mejores yacimientos de litio del mundo, pero solo se explota parte de uno. Todos los demás yacen ahí en el altiplano, observando con envidia cómo sus pares de peor calidad allende Los Andes se ponen las pilas.
A fines del año pasado cuajó aquí un contrato de exploración y operación, y puede que antes de marzo se otorguen algunos más, pero esa velocidad de avance es inadmisible para un país al que aún le pega la pobreza. Y la fórmula para salir del empantanamiento es clara: dejar de entender al litio como un mineral excepcional y tratarlo como todos los demás.
Por fortuna, señor futuro ministro, hay un proyecto de ley ya aprobado en general en la Cámara, liderado por un diputado del partido del presidente electo, que hace exactamente eso. Póngale urgencia, las arcas fiscales y el mercado laboral se lo agradecerán.
Y luego está la acuicultura. Los Lagos, Aysén y Magallanes suman una superficie que equivale al 88% de Noruega, pero los nórdicos —no precisamente la sociedad más insensible al medio ambiente— producen un 50% más de salmones.
Nosotros, mientras tanto, estamos frenados por trabas regulatorias. Una de ellas es la Ley Lafkenche. El espíritu original de entregar áreas acotadas para pequeñas comunidades costeras degeneró en un monstruo, del cual tanto se ha abusado que hoy el territorio solicitado equivale a la superficie de Dinamarca. Lo más grave es que la mera solicitud genera efectos suspensivos sobre el área.
Urge, distinguido futuro ministro de Economía, racionalizar esta ley que, aunque bien inspirada, no previno el mal uso o abuso. Todavía quedan “frutas al alcance de la mano”. Nos pasaríamos de lesos si no levantamos la mano para cosecharlas.