La Segunda
El pilar institucional del gobierno
José Antonio Kast fue electo, en parte, porque planteó un cambio de rumbo nítido y creíble. La primera mitad del gobierno del Presidente Boric avanzamos en una dirección muy distinta a la de las tres décadas anteriores: hacia un Chile plurinacional, con derechos de la naturaleza y decrecimiento económico. Pero una derrota electoral apabullante generó un retorno hacia un país abierto al mundo, con un sistema de libre mercado y un Estado que entra allí donde la sociedad civil no puede dar respuestas. La propuesta del presidente electo plantea un camino distinto para llegar allí, el del “gobierno de emergencia”.
Esa ruta, nos dice, requiere de acciones decididas y en algunos casos radicales, en materia de control de la seguridad, orden público y retomar la senda de crecimiento económico. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, hay una parte de la emergencia que, siguiendo con la analogía, supera la elección de la ruta y que tiene que ver con la forma en que nos transportamos. Porque podemos tomar un camino con menos rodeos y vueltas, pero si el auto se nos queda en pana a mitad de camino, no hay atajo que resuelva el problema.
¿Qué significa esto? Que el “gobierno de emergencia” necesita una dimensión institucional. Es el Estado de Chile el que deberá cuidar nuestras fronteras, enfrentar el crimen organizado, y ofrecer estabilidad política e instituciones legitimadas si queremos estabilidad económica. Es cierto que la energía política de un nuevo gobierno es acotada y que es fundamental elegir las batallas, concentrando esfuerzos y capital político en darlas. Pero sin “enchular” al Estado, es posible que la audacia y valentía para enfrentar la emergencia no nos permitan llegar a destino.
Los problemas de la institucionalidad están diagnosticados, las soluciones están identificadas y los desacuerdos entre expertos son mínimos. Cambios al estatuto administrativo, a la legislación electoral y el funcionamiento del Congreso, y reformas al sistema de justicia que parten, pero no terminan, con los nombramientos. Sacan menos aplausos, no mueven votos ni encienden pasiones, pero ponen a punto el auto que nos debe llevar a destino.