El catalejo de Galileo

Horizonte compartido

|
Compartir

*Pedro Villarino es integrante de la Red Pivotes y académico Faro UDD

Esta columna es parte del newsletter semanal de Pivotes. Si quieres inscribirte para recibirlo, hazlo aquí.

Si a usted a le preguntaran en treinta o cuarenta años más “¿Cómo recuerda que estaba Chile hace cincuenta años?”, hay una alta probabilidad de que la respuesta no sea muy positiva. No extrañaría encontrarse con respuestas que dieran cuenta de una grieta: “dividido”, “polarizado” o “crispado”. Otros, quizás, recordarían la frase del Presidente de aquel entonces: “Chile estaba eléctrico”, transmitiendo con ello un cierto dejo de tristeza.

La verdad es que, en los últimos años, Chile ha transitado por varios estados elementales: incendiado (estallido social), falto de aire (Covid), inundado (invierno 2023) y, ad portas de la conmemoración del medio siglo del 11 de septiembre de 1973 -en palabras de su presidente-, eléctrico. Y aunque se reconozca que la odisea de los últimos cuatro años ha sido tortuosa y agotadora, Chile sigue en pie. Pero tambalea.

¿Qué le ocurre a Chile?

La posibilidad de que, frente a la primera pregunta esbozada, usted se encuentre con una respuesta pesimista, da cuenta, precisamente, del estado anímico que ha predominado dentro de la sociedad chilena en los últimos años, y que explican el malestar que aqueja al país: por sobre los puentes o surcos compartidos, se realzan las diferencias y las posturas contrarias. A fin de cuentas, es más fácil y cómodo encontrar diferencias que similitudes.

Sin embargo, estar dispuestos a adentrarnos en la selva oscura en que nos encontramos por haber extraviado nuestra senda exige, por una parte, no perder de vista esas similitudes, así como el esfuerzo por anteponerlas frente a los muros que nos dividen. Como bien lo señaló el recientemente fallecido filósofo italiano Nuccio Ordine, “los hombres no son islas”, y es en función de ello hemos de reconocer aquellos puentes que nos unen. Los que nos hacen, a fin de cuentas, ser Archipiélago y no un piélago de atolones dispersos.

Los últimos años han gravitado en torno a clivajes, a blancos y negros, y el desconocimiento de los matices ha reforzado el predominio de la posición atrincherada: “A favor” o “En contra” son alternativas que trascienden un plebiscito. En pos de resguardar el sistema de creencias propio, se opta por brindarle prevalencia a la jungla de loros, aquella cámara de resonancia que sirve de refugio a lo que queramos leer, oír. Pensar en última instancia. Así, se renuncia a la disposición y apertura a estar incómodos frente a ideas o miradas que puedan contradecir o guardar la potencialidad de amenazar la propia visión de mundo.

Frente a ello, cabe entonces la exigencia: ¿Por qué no mejor hacer el intento por abocar los esfuerzos y compromisos hacia aquellas materias en las que sí hay miradas compartidas y que son altamente demandadas por el país? Y así, a destrabar y sacar adelante aquellas urgencias presentes que aquejan a la patria: un Estado Moderno, ausente de pitutos y de fundaciones partisanas; una Macrozona Sur libre de terrorismo, donde sus habitantes puedan volver a saborear y oler el aroma de una paz ya perdida; una educación pública desideologizada y libre de violencia, donde se vuelva a situar la atención, los recursos y los esfuerzos en fortalecer los aprendizajes al interior de las salas de clase. Un compromiso, en resumidas cuentas, con un horizonte que podamos denominar, en treinta o cuarenta años más, compartido.

Contenidos relacionados

Presidente de Chile, observando al territorio

Columnas de opinión

¿Qué recordarán los historiadores del futuro de la gestión de Boric?

Sala de clases

Columnas de opinión

No más pérdida de clases: Educación como servicio esencial

Columnas de opinión

Nuevas prioridades, ¿nuevas políticas?

Columnas de opinión

Cuenta Pública, cuentas por cobrar

Columnas de opinión

En vez del pesimismo